Botas de siete leguas

Viaje a la Tierra caliente – Santiago de Cuba

 

 

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El viaje a Santiago desde Camaguey duraba otras 6 horas. Esta vez iba armada de un jersey para no pasar frío dentro del bus. Por equivocación llegamos una hora antes de lo previsto y nos tocó esperar un buen rato porque además el bus se retrasó más de una hora. Como siempre había que hacer el check in en la oficina de Viazúl y luego otra donde las maletas para que las etiquetaran.

Paramos en mitad del viaje para comer y lo gracioso fue que cuando le pregunté al conductor cuando tiempo íbamos a parar me soltó: “– Hasta que todos hayamos comido m´hija. “

Allí pedimos un pollo con frijoles muy abundante por 20 pesos cubanos. Tampoco había mucho donde elegir. Los pollos iban andando a sus anchas por el restaurante y un gato vigilaba debajo de nuestra mesa a la espera de algo que le cayera.

LLegada a Santiago

LLegada a Santiago

Llegamos a una estación enorme que nos llamó la atención porque estaba vacía. Conseguimos sin regatear mucho un taxi que nos llevara por 3 CUCS a la casa que nos habían recomendado los Españoles con los que estuvimos en Trinidad. Desafortunadamente ya estaba ocupada pero la mujer nos dijo que arriba vivía su prima, su sobrina o alguien de su familia que también alquilaba la habitación. Subimos a verla pero no nos convenció mucho, era mucho más sencilla y vieja que otras en las que habíamos estado y nos pedía 25 CUCS. Decidimos ir en busca de más casas, aunque eso suponía echar a andar por la ciudad a 40 grados y con la mochila a cuestas. El calor de Santiago era insoportable, Habíamos pasado calor estos días pero no era nada comparado con esto. Oímos de hecho que a la provincia de Santiago la llaman la tierra caliente”

Nada más salir del portal oíamos a la mujer de la primera casa que visitamos: – Esperad, mi hija os llevará a otra casa. Esa os gustará! Total que decidimos darle otra oportunidad. Por suerte era en la misma calle Corona, un poco más arriba. Se llamaba casa Javier y María. Esta estaba mejor, era una casa colonial donde vivía una encantadora abuela con su nieto Javieritoo ( así le llamaba ella)  y su cocker llamado Ricky. La habitación también era sencilla y tenía uno de esos aires acondicionados chatarreros que no te dejan dormir pero los anfitriones nos dieron tan buenas sensaciones que nos quedamos.

Foto de familia

Foto de familia

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Ricky

Necesitábamos tomar el aire y estirar las piernas así que nos recorrimos sin saberlo esa tarde todo el centro de Santiago. Fuimos a la PLAZA CÉSPEDES donde se encontraba la imponente catedral, reconstruida varias veces tras ataques de corsarios y piratas, terremotos y huracanes.

En la plaza nos asaltó un jinetero muy pesado que no se daba por vencido intentando vendernos de todo . Nos dijo no obstante algo que nos pareció interesante. Desde la terraza del  Hotel Casagranda, situado al lado de la catedral se podían ver unas vistas muy bonitas de toda la ciudad. Había que pagar para subir allí ( 3 CUCS) pero te incluía una bebida nacional. Al atardecer las vistas del Puerto y la Bahía eras preciosas.

Subimos por la ruidosa y contaminada Calle Heredia: En Santiago había muchas motos!! Es una  calle muy animada porque se encuentro varios espacios culturales muy interesantes como La Casa de la Trova, con conciertos en directo, la Casa de la Cultura donde hay exposiciones así como otras galerías y librerías.

librería en Calle Heredia

librería en Calle Heredia

Paseamos sin rumbo hasta otra de las Plazas más concurridas de la ciudad, LA PLAZA DE MARTE. En el medio había una gran columna que conmemoraba y homenajeaba al ejército que liberó Cuba de los Españoles.

Dimos media vuelta para ir al ST PAULI, restaurante y pub con nombre del conocido equipo de fútbol alemán que nos habían recomendado. A la sala se accedía por un largo pasillo lleno de grafittis.

Nos encantó, tenía una extensa carta de platos anotados en una pizarra a buen precio. Estaba básicamente lleno de extranjeros pero la comida estaba deliciosa. Pedimos pescado grillé con limón, al cual le habían puesto como acompañamiento una mousse de boniato y un picadillo de tomate, cebolla y cilantro.

Al llegar a casa la abuela nos enseñó la terraza, a la cual se subía por una empinada escalera de caracol. Me asombraba como la mujer podía subir por allí con tanta facilidad porque daba un poco de vértigo y más con el perro enredándose por las piernas. Recogí la ropa que tan amablemente me había lavado en su lavadora y nos fuimos a dormir, aunque no pegamos ojo en toda la noche del calor que hacía.

 

 

Vistas desde el Hotel Casagrande

Vistas desde el Hotel Casagranda

 

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