Perú

Tres días en barco por el Amazonas

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DIA 1

Madrugamos para ir pronto al puerto y asegurarnos el camarote, porque aunque teníamos la hamaca para dormir en cubierta, pensábamos dejar las mochilas guardadas en un sitio seguro. El mototaxista nos llevó al puerto donde salían los Eduardos (aunque lo den por echo es mejor decirlo porque hay más de uno). Cuando llegamos vimos unos cuantos cargueros y el que sería el nuestro: el Eduardo VIII.

Para subir al barco había que que registrarse y pesar las mochilas, como parte de una mercancía más. Después de hacerlo nos dijeron que la hora estimada de salida eran las 17h. Perfecto! colgaríamos las hamacas y esperaríamos tranquilamente hasta entonces. El barco tenía tres pisos, en la orilla los camioneros metían toda clase de cajas en el nivel inferior, había mucho trajineo, entraban y salían a través de un puente hecho con un listón de madera por el que pasaban la carga transportándola sujetándola con las dos manos sobre sus cabezas. Había cajas pero también animales, chanchos que es como allí llaman al cerdo, vacas, gallinas etc. La tierra que separaba el barco de los camiones era un mar de fango y los que cargaban las cajas tenían que tener cuidado de no resbalarse, más aún cuando trataban de meter a los cerdos a la fuerza.

En el segundo nivel  los pasajeros amarraban sus hamacas y se asomaban por la barandilla para ver como trabajaban los transportistas. Otros leían tumbados o colocaban sus sacos de tela que contenían todo tipo de cosas y alimentos cerca de ellos. Alguna perro o gallina también deambulaba por el pasillo.  En la popa encontramos la cocina, el bar ( era solo un mostrador) y los baños, que en realidad era un espacio con cubículos donde la pera de la ducha colgaba justo encima del WC formando un percal que se te quitaban las ganas de visitarlos.

Subiendo las escaleras llegamos a la cubierta, donde en un extremo se situaban los camarotes. Eran muy modestos y de tamaño muy reducido. Solo cabía una pequeña litera pero tenían enchufe para poder cargar el móvil, suficiente. Decidimos colgar las hamacas de unos ganchos que había en un pequeño techo al lado de las cabinas, aunque el resto de cubierta lógicamente estaba a descubierto. Éramos los únicos que estábamos allí, supongo porque los demás pasajeros ya conocían la lluvia en toda su potencia y los pelotudos escarabajos negros que caían del cielo por la noche.

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El camarote

Un dato importante! Cuando compréis las hamacas en el mercado, pedid que os vendan también sogas para anudarla porque si no, no resiste el peso.

En la orilla del puerto había algunas mesas improvisadas con sillas para poder comer. Las comidas no estaban incluidas con el pasaje del barco hasta que este no zarpase, así que fuimos a curiosear en los puestecillos. Allí nos enteramos de que el capitán no tenía pensado salir hoy tampoco. El encargado nos había engañado, supongo que para que no cogiéramos otros barcos que llegan a Iquitos de manera más rápido. El tema es que todavía faltaba que viniera el camión de la verdura, el indicador más fiable para saber cuando sale el barco…

Decidimos volver al hostal a pesar de que teníamos pagado el barco, porque a partir de las 16 los vendedores de los puestos de comida regresaban y ya no había nada de comer después.

Día 2

Cuando volvimos al día siguiente nos llevamos la sorpresa de que nuestras hamacas no estaban colgadas, alguien las había quitado! Uno de los que trabajaban en el barco nos confirmó lo que imaginábamos, nos las habían robado. Quizá alguien de otro barco, señaló. A saber.

El decía que conocía a algún comerciante que nos las podía vender por 20 soles cada una y se mostró tan interesado en que fuésemos con el que por un momento se nos pasó por la cabeza que pudiera haber sido él el ladrón. Bajamos a donde están los puestos de comida y los señores tan simpáticos que conocimos ayer, se negaron a bajar el precio, mínimo 30 soles. Sabían perfectamente que en el pueblo las vendían más baratas pero este era el precio de la necesidad.

Por suerte había debido llegar temprano el camión de la verdura, había montones de sandías apiladas unas encima de otras. También había aumentado el número de pasajeros en el piso de abajo. Buena señal. Sin embargo empezó a llover y todo se retrasó más por el lodazal que había en la orilla. A las 18 horas pareció que se movía el barco, siiii! saliamos! La gente aplaudía contenta y veíamos como el sol se escondía en la lejanía regalándonos un bonito atardecer. Por estas latitudes se hace de noche muy temprano y la ausencia de población hacía que estuviéramos sumergidos en profunda oscuridad, solo se escuchaban los ruidos de los insectos que empezaban a bombardearnos como perdigones. Mejor dormir en el camarote.

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Nos vamos!

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DÍA 3

Como a las cinco de la mañana ya oía a gente hablando fuera y tenía que ir al baño, me desvelé por completo. Me quedé sentada en un tronco de madera mirando como amanecía, que a pesar de no ser espectacular porque el día comenzaba nublado, se respiraba mucha paz al ver como el barco iba dejando atrás la frondosa vegetación de las orillas. Oiá el canto de los pájaros que revoloteaban sobre las copas de los arboles y algún sonido raro que podría ser de monos. En seguida empezó a llover con fuerza, con una fuerza inaudita, a tomar por saco la hamaca!

Pasamos Lagunas, el primer pueblo dentro de la Reserva Nacional Pacaya Samiria. Nos habían hablado muy bien de esta reserva para hacer tours de aventura por la selva y ver animales. Nos dieron el desayuno, una bebida parecida a la leche pero con un sabor como a canela, el famoso quaker al que nos acostumbraríamos más adelante y que en realidad, es una bebida de avena que se toma mucho en Perú para desayunar.

Poco a poco el barco comenzaba a ponerse en marcha. Como seguía lloviendo, decidimos descolgar la hamaca y quedarnos en el camarote con la puerta abierta para ver el paisaje. Llegó un momento en el que el Río Huallaga se juntaba con el Marañón y formaban un solo río mucho más extenso, tan amplio que parecía que estuviéramos en el mar porque a ratos no se divisaban las orillas.  El marañón es afluente del Río Amazonas y el más largo de Perú, tiene 1737 km, como dos veces el río Duero.

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Cuando apenas se ven las orillas

Nos pasamos el día leyendo, escuchando música, viendo el paisaje y hablando con otros pasajeros del barco. La comida no estaba mal, pollo con arroz, pollo, pasta… En uno de los pueblos en los que hicimos escala para que cargasen o descargasen mercancía probamos la cocada, unos dulces de coco muy típicos de Perú. Ojeando la aplicación de maps.me y google maps me llamó la atención de que había pueblecitos por lo que íbamos pasando que ni siquiera tenían nombre. Quizá tengan tres o cuatro casas únicamente, que soledad y que miedo al mismo tiempo, rodeado por tanta selva y disponiendo únicamente de las canoas para desplazarse.

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Pueblos por los que vamos pasando

También vimos delfines rosados asomándose a la superficie, jamás pensaba que los hubiera de este color ni mucho menos encontrarlos en un río.

En el barco nos relacionamos con gente interesante. El más estrambótico que conocimos fue un chico colombiano que conseguía captar con sus historias la atención de un gran numero de viajeros que le escuchaban sin pestañear. Resulta que con una mano delante y otra detrás había decidido huir de su casa, en busca de un futuro mejor en Fortaleza, Brasil. Se definía como un superviviente. De joven era adicto a las drogas, estuvo dos veces en la cárcel tanto en Venezuela como en Colombia, trabajó en las minas extrayendo oro y diamantes en condiciones muy precarias y peligrosas, nos contó que presenció fusilamientos y que conoció a narcotraficantes. Hacía poco que se había fracturado el brazo y la pierna en un accidente de moto, volvió a su casa pero ante la idea de ser una carga para su familia decidió buscarse la vida como siempre había hecho, viajando hasta la otra punta del continente. Trabajaría en lo que fuese, pasaría hambre, caminaría el tiempo que hiciese falta, pero el decía que tenía fe en Dios y que él le ayudaba a seguir.

Debía ser un religioso muy concienciado o un predicador nato porque por la noche nos estuvo relatando frases de la biblia y nos quiso regalar el libro que le había ayudado y del que había aprendido todas esas cosas.

DIA 4

Volví a abrir los ojos bien temprano y como el día anterior me dispuse a ver el amanecer, que se acabó truncando porque el cielo apareció totalmente cubierto con una especie de neblina. Nos sirvieron el desayuno, ese día la «leche» con sabor a canela era diferente, tenía color marrón, supuse que le habrían añadido cacao. Volvía a llover pero me gustaba ver como caían las gotas a mi alrededor. A una chica brasileña que viajaba en el barco también le gustaba porque se puso a tocar los bongós y a cantar una canción muy bonita. Yo me quedé ya embobada, que idílico era todo.

Llegamos a la ciudad de Nauta a las 10 de la mañana. A partir de entonces podíamos seguir navegando en el barco hasta Iquitos a lo largo del Rió Amazónas ( a partir de Nauta es cuando empieza) o coger un coche que nos llevara hasta allí, dado que había carretera. Continuar en el barco significaba esperar otras diez horas más mientras que en coche llegaríamos en dos horas. Como seguía lloviendo e imaginábamos que en Nauta se detendría el barco un buen rato , optamos por esta segunda opción. Le regalamos nuestras hamacas y utensilios a Luis Alberto, el colombiano, y bajamos del barco como pudimos, porque la cantidad de barro era tal que estuvimos a punto de caernos al agua al subir la pendiente empinada de la orilla. Por algo todos llevaban botas de caucho hasta la rodilla.

Un mototaxista nos llevó a la terminal de donde salían las combis. Tuve un presentimiento, no se como no le hice caso. Efectivamente, a los veinte minutos de arrancar, le hacían señal al conductor de que mirase las llantas. Otra vez, la historia se iba a repetir otra vez y en solo dos semanas.

El conductor bajó, le pegó dos puntapiés al neumático solucionando a su juicio el problema y seguimos. Menos mal que esta vez no había curvas ni barrancos. A los pocos minutos notamos que al coche le costaba subir, en seguida se ahogaba, hasta tal punto de salir humo tanto del capó como dentro del coche. De película. Tuvimos que salir del coche todos y empujarlo cuesta arriba. ¿Por qué no habríamos seguido en el barco? Algo más para contar.  Al final con ayuda de otras personas nos remolcaron y pudimos llegar sin más contratiempos a las afueras de Iquitos.

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Empujando la combi

 

 

 

 

 

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